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Nacionales

08:13 08/07/2009


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Obvio, Cristina reaccionó más rápido que Celso Follow cadenaaeroinfo on Twitter

En la Nación se metió mano al gabinete y los cambios finalmente llegaron después de la catástrofe electoral. En Mendoza, todavía estamos esperando que el oficialismo se anime a bajarle las persianas (aunque más no sea), a los ministros a quienes nunca les avisaron que lo suyo también era gestionar.
El 28 de junio tanto el gobierno nacional como el provincial tuvieron una jornada negra. En la Nación los K esperaban ganar la simbólica Provincia de Buenos Aires y algunos cuantos distritos menores como para poder decir que habían salido victoriosos, pero la realidad no fue así. “Perdimos por poquito” dijo Néstor Kirchner y su mujer hizo una curiosa interpretación numérica como para demostrar que pese al revés electoral, que Macri hubiera disminuido su caudal de votos o que el kirchnerismo hubiera ganado en Calafate, justificaban su sonrisa.

En Mendoza, cualquier analista preveía una derrota del oficialismo, pero casi nadie imaginaba tal diferencia a favor del Frente Cívico Federal. El aluvión cobista dejó mal parado al gobierno de Celso Jaque, pero también a muchos de sus intendentes, ya sea aquellos que eran candidatos, como a esos otros que salieron a pedir el voto para sus colegas. El panorama local fue similar al nacional: crisis política y apertura de un nuevo escenario que contemplara la opinión de una oposición fortalecida y el significado del voto popular.

En ambos casos, la lectura del resultado electoral implicaba una seria revisión de las políticas, pero también de los actores que hasta el momento las habían instrumentado. La salida de Graciela Ocaña en la Nación, era una noticia esperada por sus diferencias con el influyente controlador de –entre otras cosas- las obras sociales, Hugo Moyano y con los asesores de la presidenta. Lo de Ricardo Jaime en Transporte, fue un paraguas abierto a tiempo antes que la Justicia transformara su salida en un escándalo para el gobierno.

Pese a ello, y aunque se esperaban nuevos cambios, desde Buenos Aires hubo una más rápida reacción ante el resultado de las urnas. No es casual que el intendente de Tigre –con licencia-, diputado nacional testimonial electo y jefe de Gabinete Sergio Massa, salga del gobierno. Es hasta si se quiere una consecuencia natural de un gobierno que pierde las elecciones; sin embargo, el pulgar de Néstor habría sido determinante con el otrora joven maravilla, que en su distrito llevó como candidata a su mujer quien sacó más votos que el ex presidente.

Liberado de la tarea en el gabinete de Cristina, es muy probable que resigne su diputación (como ya lo hizo el otro testimonial bonaerense Daniel Scioli) y se reincorpore a su intendencia en la apacible geografía de Tigre.

Otro que se va es Carlos Fernández, el ministro de Economía que pasará a la historia por algunas cosas si se quiere simpáticas: la mayoría de la gente no conoce su cara, ni su nombre. No es un Alemann, ni un Alsogaray (válgame Dios), pero tampoco un Sourruille, ni un Cavallo. Ni siquiera un Machinea, ni una Miceli. Fernández podría tomarse un subte en hora pico y nadie le haría un reclamo. Básicamente porque en contadas ocasiones habló en público, o sentó postura sobre asuntos cruciales de la economía nacional, o específicamente durante esta crisis internacional. Quienes frecuentan los pasillos del ministerio de Economía señalan que en realidad el verdadero ministro de Cristina es el propio Néstor, hombre afecto a los números y los rigores de las variables que inciden en la escasez y en la abundancia.

El polifuncional Aníbal Fernández se va de Seguridad, donde mantuvo polémicas ideas sobre cómo combatir la preocupación número uno de los argentinos, se peleó con Macri por la policía metropolitana y alentó la despenalización de drogas para consumo personal. Eso sí, fue el vocero más calificado para defender en cuanto micrófono estuviera disponible las acciones u omisiones del kirchnerismo.

Su perfil de todoterreno, de labia florida y convicciones siempre coincidentes con el rumbo del gobierno, lo tornan en el hombre ideal para conducir ahora un gabinete en el que sobresale además por su experiencia política y por su alabada capacidad para justificar desde la migración de las aves hasta la segmentación del voto en el distrito más inhóspito de este país.

A este Fernández, histórico del kirchnerismo, le tocará además ser la cara de un gobierno al que se le avecinan numerosas tormentas políticas. Una labor para la que parece más forjado que el sonriente de Massa.

Carlos Cheppi, asumió en la Secretaría de Agricultura en pleno conflicto con el campo el año pasado. Le tocó la embestida final, las peleas interminables con la Mesa de enlace de las cuatro entidades y también con el humor social claramente enfrentado con las políticas oficiales del gobierno para con el campo. La razón de su alejamiento está vinculada, según muchos analistas, en su pésima relación con el hombre más protegido del gobierno nacional: Guillermo Moreno.

Entre las atribuciones del polémico secretario de Comercio, no sólo está el acuerdo de precios o el manejo de los números del INDEC, sino también de los porcentajes de las exportaciones de granos y otros aspectos que son claramente de opinión del secretario de Agricultura. Ante la confirmación de la continuidad de Moreno, la salida de Cheppi, también era una fija.

Otro que se va es el respetadísimo José Nun. Un intelectual de fuste que creyó en la amalgama de sectores populares y políticas progresistas que prometió la transversalidad del kirchnerismo y que en su puja de poder fue perdiendo en apariencia y en contenido, aunque no en discurso. Su gestión al frente de la secretaría de Cultura de la Nación, ha dejado aspectos valorables, con énfasis en el federalismo y en la afirmación de identidad como paso previo al establecimiento de políticas culturales. De bajo perfil, como todo buen hombre formado en la academia más que en la tribuna, su alejamiento parece abarcar también otro tipo de cuestiones, tal vez de índole personal.

Los cambios en el gobierno nacional, sin embargo, no atacan los núcleos más cuestionados por todo el arco político: el ministro Julio De Vido y el ya apuntado Guillermo Moreno. Sin embargo, son –a su modo- una expresión de modificación de nombres, pero no se sabe si de formas para el proceder al que nos han acostumbrado los K. Llegan, Amado Buodou, que en meteórica carrera saltó al gabinete repartiendo fondos de la Anses, donde será reemplazado por Diego Bossio, un joven trajinador de los pasillos del jaquismo, aunque con mucha mejor suerte, y Julio Alak, tal vez el argentino más beneficiado con la reestatización de Aerolíneas Argentinas.

Mientras esto sucede, en Mendoza, Jaque aún sigue convocando cónclaves e intentando conciliar nombres para su esperado futuro gabinete. Como en la Nación, tiene predilectos que no está dispuesto a entregar (Alejandro Cazabán) y otros a los que en cualquier esquema de cambio aparecerán en la puerta de salida del gobierno.

Ningún gabinete es ideal, mucho menos para la oposición y aún más tras perder una elección. Pero incluso en una situación desfavorable, Cristina Kirchner se decidió a sacudir el polvo, a dejar caer lo que se podía caer y a mantener lo que se sabía que iba a preservar. Una confirmación de certezas que en todo caso refuerzan un rumbo.

En Mendoza, Jaque juega a las escondidas o tal vez aún no se dio cuenta que algo hay que hacer. Tal vez la experiencia de la Nación le haga trazar paralelismos que le ayuden a tomar, aunque más no sea, la decisión que casi todos saben que va a tomar. O que se anime a sorprendernos, así podemos decir que su gobierno todavía tiene signos vitales.



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